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· SAJAMBRE Y VALDEÓN El valle de SajambreEn la ermita de Nuestra Señora del Pontón se citan en romería (15 de agosto) los pobladores de la zona. Junto a la ermita un caserío que fue albergue de caminantes, y ya en el año 1.129 Alfonso VII lo tomó bajo su protección. La ruta principal
al valle enfila de frente el puerto del Pontón. El alto del Pontón se
alcanza en seguida y, en el descenso, la carretera sumerge entre la fronda
su trazado sinuoso. |
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Pasadas las últimas casas de Oseja, otra carretera estrecha asciende hasta Soto de Sajambre, el más recóndito de los pueblos sajambriegos, en dirección a Dobres y Cornión y a la vista de Peña Santa. |
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Estos son los lugares de Sajambre. Entre ellos, dos ríos principales, el Zalambral y por supuesto el Sella, y otros que les vierten sus aguas tumultuosas y rápidas entre accidentes dignos de contemplar, como la cascada de San Pedro. Un paisaje de prados verdes, rezumantes, de bosques de avellanos y hayas. Y en lo alto como constante, los picachos de alba caliza. Una de estas peñas es representativa sobre todas las de Sajambre: la Pica Ten, que emerge su fisonomía exenta y piramidal en el valle, claramente distinguida, como estandarte natural. La mejor
panorámica del conjunto del valle de Sajambre se tiene desde el mirador
de Vistalegre, en el inicio de la carretera de acceso a Soto. El valle de ValdeónSituados de nuevo en el enclave de la ermita del Pontón, otra carretera que parte a la derecha conduce al valle de Baldeón: el valle del territorio de Tione, nombre de probable origen celta, consignado en un documento de Alfonso VI de 1.081 |
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Se asciende
primero al puerto de Panderruedas, desde cuyo mirador la vista alcanza
una panorámica de conjunto de la región: los Picos de Europa, la alta
montaña leonesa. Del macizo occidental, el murallón de la Bermeja. Del
central, el más fragoso, destacan soberanas las cumbres del Cerredo
y el Llambrión, y las llamadas Peñas de Cifuentes.
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La panorámica profundiza, hacia abajo, la amplia perspectiva del valle, “un pequeño paraíso que crece en la gran hoya al abrigo de los dioses de roca que tienen aún neveros donde refresca el rebeco” (Víctor de la Serna). Los caseríos de Caldevilla y Soto, el de Posada con sus barrios de Los Llanos y Prada, motean el agreste paisaje. El río Cares,
que nace en la parte alta del valle, discurre de sur a norte, entre praderías
y paisajes de fronda. En Posada se le une el arenal que baja del puerto
de Pandetrave y pasa por santa Marina de Valdeón, el pueblo más alto de
los Picos, a 1.158 m. En Cordiñanes, situado bajo El Portacho, su
reloj de sol natural, tributan sus aguas al Cares por la riega de Asotín,
los cordales del Llambrión y el Friero. A la salida de Cordiñanes, el
mirador del Tombo, con su monumental rebeco. Franquea
el río la ermita de Corona, de resonancias legendarias y recoleto fervor
popular, y el artilugio conocido como el Chorco de los Lobos, antes
de llegar al barrio de debajo de Caín y, ya de inmediato, encajonarse
para formar su famosa tajadura, la “Garganta divina del Cares”, al decir
del marqués de santa María del Villar, en cuyo curso las cumbres asoman
hasta desde 2.000 metros de altitud al lecho profundo del río. · LA MONTAÑA DEL ESLAEl valle principal de la Tierra de la Reina, en el que confluyen otro valles, verdes, entre montañas más suaves que las abruptas moles de los Picos de Europa que tienen de fondo, junto con otras cumbres que se avistan en las alturas, nevadas durante buena parte del año: la foránea Peña Prieta, el pico Murcia, el emblemático Espigüete, de inconfundible dibujo. Esta Tierra de la Reina es el confín nororiental de la montaña leonesa y está comprendida en la zona denominada genéricamente Montaña de Riaño. Es tierra deforestada de antiguo, aunque con repoblaciones de confieras que son extensas en Llavanes, cuyo caserío inicia en el valle, al descenso del puerto de San Glorio, un moteo de pequeños pueblos: Portilla, Barniedo, Los Espejos, Villafrea, Boca de Huérgano, y a un lado, Siero y Valverde de la Sierra. Pueblos que viven de la ganadería y de una escasa agricultura de montaña, que fueron ricos en caza y en tradiciones comunales, y que tienen como expectativa para su desahogo económico un turismo creciente, para lo cual ayuda la proximidad de los Picos de Europa, de cuyo circuito forma parte esta Tierra de la Reina, con acceso por el puerto de Pandetrave. Riaño, un núcleo de construcción totalmente nueva a raíz de la terminación del embalse, es el eje central y el nudo de comunicaciones de la montaña del alto Esla. Las características generales de esta zona están marcadas por una orografía abrupta y agreste, con valles que se abren a veces formando vegas pero que son cerrados en su mayor parte, encajonados entre las montañas; y por unos núcleos de estructura desigual, con caseríos dispersos, en casos distinguidos por barrios y adaptados a las curvas de nivel de las laderas y los valles donde se asientan. |
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Hacia el norte, escondidos en la sierra de Riaño, quedan los pueblos de Casuertes y Cuénabres de un lado, y Retuerto del otro; la naturaleza es un espectáculo y la apacible vida tradicional su ritmo. Al igual que Vegacerneja, en la cola del embalse, de cuyo caserío hay constancia desde el siglo X. |
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Más abajo, en dirección oeste, se abre el espléndido valle de Valdeburón: Liegos, Lario, Polvoredo, Acebedo, Maraña, La Uña. Fiestas pastoriles como la que se celebra en Liegos en Agosto, ferias de caballos como las de Maraña, también en Agosto, casas medievales que aún perviven en La Uña, testimonian la importancia que tuvo en tiempos este valle cabecera de la merindad de Valdeburón, cuyas Ordenanzas sobre usos y aprovechamiento de los pastos concejiles y el espacio agrario forman parte de la singular historia de las tradiciones comunales de la montaña leonesa. Desde Riaño, hacia el sur, la naturaleza y los caseríos mantienen el aspecto plenamente montañés. Como aislados están Carande y Horcadas; y en su remoto y magnífico confín, Remolina, donde se han hallado lápidas vadinienses, al igual que en Lois, a donde se llega a través de un estrecho y sinuoso valle desde Las Salas y pasando Salamón Ciguera, para encontrar casonas rurales, blasonadas, trabajadas en fábrica de sillares, en torno a la imponente iglesia del siglo XVIII, casi una catedral, conocida en otro tiempo como la “Universidad de la Montaña”, con cátedra de latín. Crémenes es el centro de la zona intermedia. El Esla adquiere ya la entidad de gran río, y en la montaña destaca sobre la caliza la peculiar vegetación de uno de los sabinares más occidentales de Europa. Valdoré y Verdiago, por donde el Esla discurre formando meandros, abren paso al valle de Aleje y Alejico: más territorio vadiense, que remonta a la historia más antigua de León. Santa Olaja de la Varga indica la pendiente en su nombre; pero subir, es llegar a Fuentes de Peña Corada, un atractivo centro de veraneo de alta montaña, bajo la peña alba, con una vegetación circundante en la que destaca una mancha de insólito encinar. |
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Sabero creció como centro de su cuenca minera desde la construcción del ferrocarril hullero La Robla-Valmaseda a finales del siglo pasado. La actual crisis de la minería del carbón es problema de toda esta zona, que incluye a Cistierna, su capital, de siempre una activa y moderna ciudad mercantil, centro de servicios y de comunicaciones. |
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· EL VALLE ALTO DEL CEAPrioro, como Tejerían, como Morgovejo, son pueblos de montaña: por su entorno, por su ubicación característica aprovechando las curvas de nivel de las laderas, por una arquitectura popular en la que aún predomina la casa de corredor típica de la montaña, y por sus formas y medios de vida basados en la ganadería y en la agricultura complementaria de montaña. En Prioro, incluso, refuerzan la vinculación sus conservados hórreos. Y un balneario rememora una cierta distinción del lugar de veraneo de Morgovejo. Sin embargo se observa en esta zona, ya desde arriba, como una rápida transición hacia la meseta. Con reductos de resistencia montañesa como el hermoso valle del Tuéjar, Valdetúejar, valle formando un circo, con praderas naturales y manchas de robledal, o de resistencia mistificada por el entorno de Puente Almuhey y la zona minera que centraliza Prado de la Guzpeña en la línea de comunicación con la zona de Cistierna. Pero la influencia de la meseta, tanto en las construcciones como en la configuración de los pueblos, y en los modos de vida, se manifiesta ya de forma clara a partir de la vega de Almanza.
El valle del Bernesga, al oeste, es quizá el que más contrastes ofrece. Ha sido históricamente la vía de comunicación más importante de la meseta con Asturias a través del puesto de Pajares, por carretera y luego por ferrocarril; y lo sigue siendo actualmente, por ferrocarril, y por carretera como vía alternativa a la autopista León-Campomanes. Zona industrial, con centro en La Robla, minera (Santa Lucía, Ciñera), turística (Villamanín, La Pola de Gordón), y sin embargo, al menor desvío de esta ruta de la modernidad transformadora, se encuentran a un lado y a otro lugares suspendidos en el tiempo, dedicados a la vida tradicional, ganadera y pastoril: valles recatados como el de Campolongo, o de inmensos pastizales como en Rodiezno y Casares; concejos de Alba y Fenar, La Tercia, Gordón. Otro valle nos acerca más al corazón de esta montaña, o mejor: a su media; y precisamente así se llama: La Mediana (por supuesto de Los Argüellos). Este es el valle alto del Torío, que de Vegacervera hacia abajo puede presentar las heridas mineras de un paisaje alterado (Matallana, y su barrio de la Estación) o enclaves recónditos y agrestes como el que alberga Correcillas, al fondo de un angosto valle. Aguas arriba de Vegacervera los lugares sorprendentes se suceden: las Hoces de roca pura, la sima de Valporquero, o de otro lado, por encima de Rodillazo, la extensa planicie del valle del Marqués, amurallada por la crestería de altas montañas. Más arriba, Gete se esconde hacia el interior del valle, mientras que Getino mantiene su tradición ventera al pie del camino. Territorio Astur-Cántabro, frecuentado por los romanos, por lo menos un nombre testimonia la influencia árabe, Almuzara (“tierra cultivable” en árabe), y otro que bien podría, Cármenes (da carmen, “casa con jardín”, aunque lo más probable es que derive de la raíz Kar, piedra). Lugar de vida apacible, donde no faltan blasones, animado por el turismo veraniego, Cármenes fue capital del antiguo concejo de La Mediana de los Argüellos. Más allá, los Pontedos, Piornedo, Piedrafita, y Canseco desviado en su confín, son pequeños núcleos que viven de la ganadería, habitados apenas. Por la collada de Valdeteja –o de Genicera, según otros- se accede desde el Torío al valle más oriental del Curueño, similar a aquel si no su igual por las condiciones de vida y las características de los caseríos populares, y aun del paisaje: Hoces de Valdeteja. Esta rivera alta del Curueño es propiamente la montaña de Los Argüellos. Pueblos de economía ganadera y vida pastoril arriba desde el puerto de Vegarada (Redipuertas, Lugueros, Cerulleda, Llamazares, las dos Tolvillas ...), y abajo (el medieval Montuerto, Valdepiélago, La Cándara, Aviados). Un valle lateral acoge a La Braña y a Arintero, cuna de la protagonista de uno de los episodios más peculiares de la historia de España: la mujer que se fue a la guerra. Nocedo tuvo el prestigio de su balneario. Y Valdorria, rescolgándose sobre la ladera en un lugar impresionante, fue refugio de ermitaños medievales. Una calzada romana ascendía desde Puente Villarente hacia Asturias, por Vegarada, siguiendo este curso alto del Curueño. La Vecilla ejerce la capitalidad; cuidada, bien comunicada y dotada de servicios, es villa de veraneo. No hay industria aquí –fábricas de embutidos aparte, en La Vecilla y Lugueros-, pero sí algo que se le parece: la producción de los gallos de La Cándana, cuyas plumas legendarias entre los pescadores son materia prima para una próspera artesanía. Por último, al valle alto del Porma se accede desde Boñar, que es su población más importante, centro de comunicaciones, comercial, de servicios y turístico, tiene acreditadas, también, ferias ganaderas. El embalse del Porma, que anegó el concejo de Vegamián, ha pasado de ser una alteración a convertirse en otro elemento paisajístico de una zona que abunda en ellos. Unos en su estado más natural, como el pinar autóctono de Lillo. Otros con su intensiva explotación turística de temporada, como la estación invernal del puerto de San Isidro. Esta es la montaña de la reserva nacional de Mampodre, que comparte con Valdeburón al este, comunicado por el puerto de Las Señales, y con la cabecera del Curueño por el oeste. Es la montaña de los lagos de Isoba y El Ausente, con sus leyendas. De pueblecitos ganaderos recogidos sobre parajes de sosiego, Primajas, Viego, Reyero, Pallide, Orones, Redipollos, Cofiñal, y de villas históricas como Puebla de Lillo, en la actualidad cabeza de un programa de explotación ganadera de alta montaña, que es, en general, la actividad básica de toda la zona, junto con algunas industrias derivadas (embutidos, quesos). |
· LA MONTAÑA OCCIDENTALLaciana (La Ceana), al oeste, declina su abrupta geografía sobre el río Sil, que en su curso aquí hiende profundamente la penillanura, formando un valle estrecho al que abocan otros valles, aún más estrechos, desde divisorias imponentes como la meridional del macizo Canoute-Nevadín, y montañas arraigadas en la sensibilidad popular como el Cornón y el Muxiven al norte. Por los puertos de Cerredo, Leitariegos y Somiedo comunica Laciana con Asturias, por el de Piedrafita con Babia, y por el de la Magdalena con Omaña. Para los lacianiegos, Laciana es “El Valle”, según Florentino Agustín Díez. Al Valle accede el Sil por un tajo de vértigo, la Hoz de la Palomas, y de él sale por otra garganta imponente, el Padruño. Laciana fue históricamente un territorio forestal ganadero, de prados y pastizales, con las complementarias tierras de labor en el entorno de unos núcleos estratégicamente situados, cada uno a una distancia regular del próximo. El Valle acogía, donde permanecen, la mayor parte de las poblaciones: Rioscuro, San Miguel, Villablino, Rabanal de Abajo, Villaseca, Villager y los Caboalles en el descenso del puerto de Leitariegos, en terrazas, dominando el valle, se asentaron Robles, Llamas y Rabanal de Arriba; y otros formaron sus caseríos, generalmente dispersos, en el fondo practicable de angostos valles, como Orallo, Sosas o Lumajo, este último a 1.375 metros de altitud. Unas ordenanzas concejiles regulaban la actividad del común de los vecinos, hasta que la minería, con su economía de explotación intensiva y sus necesidades de instalaciones, servicios e infraestructuras, ha transformado el valle de Laciana, su función y sus núcleos, y las condiciones de vida de sus pobladores. Perviven, sin embargo, el espíritu antiguo de los hombres libres del concejo, y abundantes elementos materiales bien visibles en la arquitectura popular, tanto en las variedades de casas como en los hórreos, y sobre todo en el mantenimiento de las brañas. Villablino, desde siempre centro administrativo, comercial y de servicios, sigue siendo la populosa y activa capital del valle. |
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Peña Ubiña domina los valles de Babia que confluyen en la cuenca alta del río Luna, un río que no quiebra el paisaje con la agresividad del Sil, de ahí la amplitud de las llanadas donde se asientan los pueblos. Se diferencian dos Babias: la de Arriba corresponde al municipio de Cabrillanes, y la de Abajo al de San Emiliano. |
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Territorio astur, de resurgimiento medieval bajo el dominio todopoderoso de los Quiñónez, condes de Luna, que fueron lo más parecido en el Medievo leonés a los señores de horca y cuchillo, la época de esplendor de La Mesta fue también la de estas tierras que vivieron una actividad, entonces, sorprendente y acorde con su prosperidad. Los pastos de verano de Babia acogían hasta doscientas cincuenta mil cabezas de ganado, por lo general ovino y mayoritariamente de merinas. Aquí pastaban las cabañas de la Orden de los Jerónimos y del monasterio de El Escorial, con los grandes rebaños de los Montenegro, el conde de La Oliva, el marqués de Albaida o el conde de los Campos de Orellana. Una importante feria caballar se desarrolla, en septiembre, en San Emiliano; la cría caballar ha sido otra actividad secular de Babia (de asturcones de origen, remozándose la cabaña con sementales andaluces y de las cuadras reales introducidos por Felipe II), habiendo sido afamados sus caballos hasta lo legendario. No cambia de oficio la Babia de Arriba, que se inicia en Truébano y al paso de pueblos como Villasecino, Cospedal, Robledo, Riolago, Huergas, Cabrillanes, Torre y La Riera, San Félix de Arce, Lago ..., pueblos con casonas blasonadas que referencian viejas hidalguías, representativas casas montañesas y primitivos hórreos, alcanza Piedrafita, el pueblo, y el puerto, vía de comunicación con Laciana. En las proximidades de La Cueta se hallan las fuentes del Sil. Tierra al igual que Babia sometida al dominio riguroso de los condes de Luna, la ganadería trashumante hizo la historia más activa y próspera de la comarca de Luna. En la actualidad dos importantes obras, el embalse de Barrios y la autopista León-Campomanes, la más importante vía de comunicación entre la Meseta y Asturias, han incidido en el paisaje de la comarca. Vega de Caballeros, Sagüera y Portilla jalonan con sus casas de piedra el acceso al dominio de aquella. Con diferente suerte sobreviven los núcleos de población en el entorno del embalse: Los Barrios a pie de presa, en su aislamiento Irede y Mallo, por donde discurría un cordel de La Mesta, y desierto Mirantes con su club náutico. Aralla se recoge en un angosto valle, nudo de comunicación cuando la nieve no lo impide con Gordón por un ramal y con Arbas por otro. En Caldas, a cola del embalse, se fabricaban en el siglo XIX afamados “paños del país”; la ganadería y la agricultura son hoy la base de su economía, y cuenta con el atractivo turístico de un balneario de reciente remodelación. La Vega y Robledo, en las inmediaciones de Caldas, al igual que Pobladura y Sena en dirección a Babia, y Albejas en su escondrijo de piedra y roble, son pueblos de vida pastoril, con casonas de piedra y corredor, decoradas algunas con blasones. Si por el río Omañas no llegó exactamente la civilización, si lo hicieron los romanos, los legionarios abriendo paso y aportando mano de obra tantas veces a la fuerza, y los ingenieros con sus ingenios para escarbar el lecho del río y desmontar los montes, siempre en busca de oro. Entonces como hoy, a las escombreras sobrantes, amontonadas como formando surcos, es a lo que llaman murias. Esta es la comarca de Omaña, nombre que deriva de Humania, y en la realidad un lugar al margen, más despoblado que lo contrario a pesar del nombre supuesto de origen, acotado por montañas sobre las que domina la cumbre tan frecuentemente nevada de Catoute. Territorio de los Quiñónez, los imperiosos condes de Luna, que explotaron avaramente a las gentes de aquí, como a las de todos sus otros dominios. Hay dos Omañas:
la de Murias y la del Valle Gordo. Entre el monte y en los estrechos valles
los pueblos recuerdan las funciones medievales que les dieron origen,
aparcerías y pastoreos, y apilan sus modestos caseríos. Son muchos pueblos,
pero pocos vecinos. En los núcleos del municipio de Riello la media es
de 36 habitantes. Sin embargo Omaña es la comarca de la montaña occidental
con mayor superficie dedicada a la agricultura, un signo de su meridionalidad.
Majadas con apriscos se encuentran por el puerto de La Magdalena y Vivero.
Fasgar es un remanso en el espacio y en el tiempo, al fondo el Valle Gordo;
y Andarraso, un mirador excepcional sobre los pueblos que motean el valle
de Omaña que ensancha en El Castillo (lo tiene, una arruinada fortaleza
del s. XV-XVI, y un renombrado coto truchero). Gruesos muros de piedra
para proteger del frío en los inviernos, tan duros, la pizarra en el tejado
para que resbale la nieve (cubrición de paja en otros tiempos, de la que
quedan muestras por doquier), y la madera de los bosques, que felizmente
no faltan, caracterizan la arquitectura popular, austera, como la vida
de toda la comarca; casas con cuadra, con corte para las ovejas, con horno
pegado al muro para amasar el pan de una subsistencia habituada al aislamiento.
La sillería rememora los mejores tiempos de Murias de Paredes, como en
Vegarienza su caserío popular del siglo XVIII. Los estudiosos dividen
la Omaña construida en dos zonas, este y oeste, de losa y de teja árabe.
“excepcionalmente aparecen algunos palomares aislados, que confirman la
meridionalidad relativa de esta área de montaña. Podemos encontrarlos
en Garaño, Canales y Bonella” (J.L. García Grinda). · LAS TIERRAS LLANASRiveras y páramosEntre la amplia franja circundante de la montaña al norte, la divisoria Duero-Miño al oeste y el límite de la Tierra de Campos al sur y este, se extiende la llanura leonesa. Se “extiende” nunca mejor dicho. Extensa es, en efecto, esta región natural, que los grandes ríos de la provincia atraviesan longitudinalmente: Cea, Esla, Porma, Órbigo ... Estos ríos forman las riberas de ricas vegas, muy parecidas entre si, y cada una, a la vez, con sus características que la hacen diferente. Ganaderas y de agricultura fértil las zonas elevadas, y en las zonas bajas, la aridez, la meseta entendida como la imagen propiamente vista: “tierra de pan llevar, tal cual valle que apenas deja de ser cárcava, y en él, un pueblo y unos chopos; luego nada”. Extensa región, uniforme hasta la monotonía, pero también compleja. |
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La Ribera por excelencia es la del río Órbigo. El Páramo ha llegado a ser sólo un nombre después de haber florecido como un vergel agrícola. Las tierras maragatas, al oeste, inician una elevación paulatina hasta ganar la zona montuosa de El Bierzo. Pero Maragatería es estepa antigua y dura, como lo es la Sobarriba. |
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La meseta leonesa, en su conjunto, se diversifica en un mosaico de pequeñas regiones: Cabrera Alta, Valdería, Valduerna, Maragatería o Somoza, Cepeda, Sequeda, El Páramo, Valdoncina, Sobarriba, Los Oteros, Ribera del Órbigo, Valderrueda, Cea, Ribera del Esla y Valderaduey ... Y sus poblaciones más importantes, con León, capital de la provincia, son Astorga, La Bañeza, Sahagun, Valderas, Valencia de Don Juan, Santa María del Páramo, Benavides, Mansilla de las Mulas, Alija del Infantado, Laguna de Negrillos, Villamañán, Destriana, Villaquejida, Castrocalbón, Cea, Almanza y Grajal de Campos. Tierras que verdean a orillas de los ríos y tierras rojas y secas entre ríos, valles de erosión, fértiles vegas y vegas ralas, planicies y altas planicies, que “con frecuencia rompen colinas y castros y cerros cónicos, atalayas oteadoras, fenómeno de suaves relieves, fruto de erosiones multimilenarias” (Florentino A. Díez). Este es el paisaje, que curiosamente no ven por la inmediatez y los trabajos cotidianos, y a los forasteros sorprende. Conmueve la aridez esteparia y asombra la verde y fresca alineación ribereña. Enhiestos chopos, álamos blancos, negrillos retorcidos y bravos, son los estandartes de las riberas. Una exigua vegetación ralea en las parameras frías. En otras partes las espigas rinden sus incansables cosechas. El hombre y el barroEl hombre constituye aquí parte consustancial del paisaje. No es contrapunto ni un referente, es una alineación más; surgido de la misma tierra y arraigado como los árboles. Durante siglos el hombre de estas tierras ha sido pastor estepario y labriego irredento de secanos y barbechos. Las cosas se han modificado en los tiempos modernos: canales y acequias han suplido a norias y rudimentarios cigüeñales, el tractor se ha impuesto a la yunta, el transporte ha facilitado cultivos más prósperos. Pero el hombre de la meseta leonesa sigue siendo agricultor y pastor, apegado al terruño, pendiente todo su ser de la labor y la cosecha. La tierra parda es su vida, que se cuenta por arrugas como surcos, y de la tierra parda ha hecho su cobijo: “En estos pueblos suelen ser de barro las casas, las tapias que cierran sus huertos y sus prados, el firme de las calzadas de sus caminos, las cuevas que guardan sus vinos, y las paneras que conservan los granos de sus cosechas ... hasta la torre de su iglesia es con frecuencia de barro, y los bardales de las cercas, de tapines de barro musgoso, cortados verdes en pedazos regulares, son y han de adobarse con barro de vez en vez” (Fernández Balbuena). Páramo y
ribera, hombre y barro. La imagen tradicional, permanente, casi bíblica,
y en cualquier caso, infinitamente antigua. Este es el paisaje. Esto es
la meseta leonesa. Y si los pueblos se han modificado –no tanto- y los
hombres parecen otros –no demasiado-, el paisaje permanece; se tiene la
impresión de que la tierra es aquí como hace miles de años. La Cabrera Es tierra a dos aguas, las del Duero y el Miño, divididas por la alineación intermedia que va desde el Morredero a La Tiembla. El río Cabrera, tributario del Sil, que da nombre al conjunto de la comarca, discurre por la montañosa Cabrera Baja; nace de las aguas que Peña Trevinca filtra al lago de la Baña (el otro lago de la región es el de Truchillas) y se dirige hacia el Sil tras su amplia y característica vuelta que se inicia en Nogar. Existen en esta parte de su recorrido terrenos de vega (diminutas vegas), pero desde que el río cambia de dirección y se deja sentir la influencia de los Montes Aquilianos, el paisaje se altera totalmente. El valle presenta forma de V, sus orillas son muy escarpadas, por este motivo sus pueblos se han visto obligados a remontarse a las alturas. Los Montes Aquilianos constituyen la divisoria de las aguas del río Cabrera y los arroyos que fluyen en busca del Eria, el río de la Cabrera Alta, que tributa a la cuenca del Duero. Ribera del Eria arriba desde Castrocontrigo, se alcanzan vegas abiertas y yuxtapuestas por el río, como la de Castrocontrigo y Morla y la de Truchas –centro de la Cabrera Alta- y Quintanilla de Yuso. Pero también aquí los caminos trepan zigzagueantes y llenos de dificultades, entre murallones de roca y vértigos de barrancos. Miradores estratégicos son los puertos de Carvajal y Corporales, de este paisaje imperiosos que tiene fama de inaccesible. Lo advierte incluso el dicho popular: “Castrillo, Noceda, Saceda y Manrubio: Cuatro lugares donde Cristo no anduvo”. Por otra parte, de su fatalidad de región abandonada da cuenta que haya sido llamada “Las Hurdes Leonesas”. Una historia marcada por las dificultades de la lucha diaria para rascar la supervivencia a una tierra escasa, bajo un cielo inclemente. La pizarra es el material, que como un manto, cubre toda la Cabrera. Las pizarras forman la totalidad de los montes y sierras con lajas de espesor variable, dando híspido y oscuro aspecto a las zonas más peladas. No obstante, el posible viajero no debe arredrarse por esta imagen de desnudez. Hay otros paisajes en La Cabrera, frondosos y risueños, de aguas cristalinas y espesuras verdes de alisos, nogales, castaños y cerezos en las riberas, o de brezos y robles más arriba. Esta es la tierra de los descendientes de aquellos cabreirenses duros y bravos que, cubiertos con gorras de piel de cabra, eran la fuerza de choque de los caballeros templarios, según nos cuenta Gil y Carrasco en su deliciosa novela “El Señor de Bembibre”. Buena experiencia es adentrarse a pie por los canales construidos por los romanos, desde el Valle Airoso o el Valle de Rodazal entre otros, para llevar agua hasta Las Médulas. La Baña es
la población más elevada de la región, en la Cabrera Baja. Truchas polariza
la Cabrera Alta. Estos y otros pueblos como Corporales, Silván, Pombriego,
Encinedo, Castrillo, Saceda, Llamas, Odollo ..., debido en buena parte
a las explotaciones de pizarra no son hoy tan miserables como fueron,
sin que por ello pueda decirse exactamente lo contrario. En cambio, lo
que si es seguro es que algunos nunca recuperarán ni el pálpito de otras
épocas. Como Santalavilla, del que el nombre ya dice mucho: “tres
vecinos –escribe David G. López-, si es que alguno más no ha abandonado,
dan testimonio de la que antiguamente fuera villa con dos monasterios,
hoy desaparecidos, y lugar santo de juicios medievales”. Un país verde y frondoso que debe probablemente su nombre al de Bergidum, la ciudad romana desaparecida que fue en tiempos cabeza de la comarca, o bien, según especulan algunos, a la semejanza que la región presenta con una cuna, objeto que en gallego se llama breço (léase brezo). La planicie berciana es amena y poblada, en contraposición a la monotonía y adustez de la meseta leonesa; y a la Galicia de granito y gneis que ya asoma evidente por aquí: en los alrededores de Ponferrada, en Campo del Agua, en las proximidades de Corullón ... Ocupa El Bierzo el extremo occidental de la provincia, entre la comarca de Laciana y Asturias al norte, las provincias gallegas de Lugo y Orense al oeste, y Maragatería y La Cabrera por el este y el sur. El paisaje berciano dista de ser único por uniforme. Las diferencias constituyen en realidad la clave de su subyugante y extraordinaria riqueza natural. La región se conforma por una amplia depresión central circundada por montañas: al sureste las de Manzanal y Foncebadón, por el noroeste las sierras de Aguiar, Caurel, Faro, Cebrero, Piedrafita y los montes de León. El territorio asciende desde su parte más baja -en el estrecho de Covas (400 m.), por donde el Sil se interna en Galicia- hasta su máxima elevación en el pico de Catoute (2.117 m.), en la sierra de Gistredo, en el término de Igüeña. Montañas representativas del Bierzo son los montes Aquilianos, los montes que fueron “nidos de águilas”, con sus dos cumbres principales que se avistan desde Ponferrada: Pico Tuerto, la más elevada a pesar de la falsa impresión visual que la hace parecer menor (2.000 m.), y la espléndida Aquiana, o La Guiana, el soberano y desde antiguo monte sagrado de la región, 1.849 m. Y las montañas bercianas que cobijan mundos remotos se elevan en la profunda sierra de Ancares, limítrofe con la Galicia más áspera, cuyas cumbres más representativas puede ser Miravalles, Cuiña y Peñarrubia. El pico de Montouto, a 1.400 m., hace de vértice entre las provincias de León, Lugo y Orense. El Sil, aurífero y finalmente gallego, es plenamente berciano aquí. Es el río de la región y hacia el enfilan los principales valles, que constituyen unidades geográficas propias e independientes, valles abiertos siguiendo los cursos de otros ríos bercianos: el valle de Ancares por el del río homónimo, el valle de Formela por el del río Cúa en su curso superior, y el valle de Valdueza a lo largo del curso del Oza. Otros ríos imponen igualmente su quebrada autonomía geográfica, como el Selmo, Valcarce, Burbia y Boeza. Cualquiera de estos valles es una maravilla natural, y cuanto más inaccesible más maravilla esconde, como sucede con el Valle del Silencio, Tebaida berciana sembrada de huellas eremíticas y arte primoroso. Existe un Bierzo Bajo, el de la conocida “hoya berciana”, llanura de formación aluvial y de una altura regular en torno a 600 m. Que ocupa la parte central de la región, extendiéndose al sur y al este. Sus términos son: Villafranca del Bierzo, Cabañas Raras, Arganza, Corullón, Sobrado, Carucedo, Puente de Domingo Flórez, Borrenes, Carracedelo, Villadecanes, Cacabelos, Camponaralla, Ponferrada, Priaranza del Bierzo, San Esteban de Valdueza, Los Barrios de Salas, Molinaseca, Castropodame, Torre de el Bierzo, Vega de Espinareda y Sancedo. Son estos los territorios del gran valle del Sil, de extraordinaria fertilidad, donde se hacen fáciles y generosos los cultivos y los frutos. Este es el “vergel” al que se refería Plinio, donde maduran la uva y el pimiento, así como toda clase de hortalizas y frutas, no olvidemos las castañas, que avalan la afamada gastronomía berciana, uno de los más gratos hallazgos que esperan al viajero, y que han convertido la región en una próspera zona agrícola; muy particularmente el vino, con su denominación de origen “BIERZO”, está ganando el lugar y proyección que se merece. Cacabelos y Villafranca son los centros vitivinícolas de la región. El Bierzo Alto se extiende por el norte y corresponde a los términos de Oencia, Barjas, Vega de Valcarce, Trabaledo, Balboa, Valle de Finolledo, Candín, Fabero y Páramo del Sil. Es El Bierzo del paisaje quebrado, zona de valles estrechos y de pendientes acentuadas a las que imprime un aspecto peculiar la vegetación. Las tierras de labor son escasas y avaras en esta parte. En cambio abundan los bosques, espesos, con variedad de especies arbóreas haya, madroño, acebo) entre las que domina, con ventaja, el roble. Los sotos de castaños son igualmente frecuentes en esta zona, donde se encuentra uno de los ecosistemas protegidos de la provincia: La Reserva Nacional de Ancares
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